Deux jours, une nuit (2014)

Título en español: Dos días, una noche

El cine ha sabido emular distintos tipos de narrativa que se encuentran en la literatura, y además, por supuesto, ha inventado nuevos estilos de contar una historia o incluso nos ha deleitado con otras películas que casi hasta carecen de historia. Una gran parte de las películas que veo podrían bien asemejarse a una novela, y de hecho muchas son adaptaciones del medio, pero en el caso de las películas de los hermanos Dardenne (el dúo belga que nos dio gemas como Rosetta y El niño) a menudo se parecen más a representaciones de cuentos cortos más que a una novela. Y déjenme aclarar algo acá, hay muchas otras películas que tienen su origen en un cuento corto que luego es adaptado a un guión de un largometraje, esto es relativamente común, pero a lo que voy con lo de los Dardenne y los cuentos cortos es que sus filmes se sienten igual que leer uno de estos, la estructura que siguen los relativamente simplistas textos en trama y diálogo son remplazados por una recreación tan realista del contexto y del protagonista de la historia que me recuerdan a los talentos de mi adorada Flannery O’Connor.

Pero en fin. El filme gira en torno a Sandra, interpretada con increíble vulnerabilidad por la genia de Marion Cotillard, una mujer que está saliendo de un pozo depresivo y de una licencia médica pero se ve enfrentada a la inminente pérdida de su trabajo. Su jefe decidió que: o la mantienen en el cargo o le pagan el bono de €1.000 euros al resto de los 16 empleados, pero ambas no podrán ser. Ni bien comenzada la película nos enteramos de que ya hubo una votación y se optó por aceptar el bono, pero Juliette y Manu (respectivamente: amiga y colega y el marido de Sandra) la convencen de intentarlo otra vez y el jefe acepta tener una segunda votación pasado el fin de semana, especialmente porque el supervisor de los empleados había ejercido cierta presión para que se votara a favor del bono. Una vez establecido este contexto, muy rápida y efectivamente y haciendo muy poco uso de la exposición, comienza el fatídico fin de semana que será dedicado casi exclusivamente a visitar y llamar a sus 16 compañeros de trabajo para convencerlos de que voten a su favor llegado el día lunes. Tensión a raudales.

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Demás está decir que la hora y media que dura el filme la pase sumida en la angustia y la ansiedad por ver triunfar a Sandra. Y es que Sandra es un personaje que muy a su pesar provoca infinita lástima. Con esto no quiero decir que sea un personaje patético, de esos que agotan nuestra empatía y queremos golpear hasta que reaccionen. En absoluto. Sandra es una mujer a la que la depresión parece haber azotado con especial severidad, pero habiendo hecho su parte, junto con el apoyo incondicional de su compasivo esposo (el colaborador frecuente de los realizadores y excelente actor Fabrizio Rongione), se ve enfrentada a la dura realidad de la vida, que no parece darle un respiro. No es solo saber que ni bien sale a la superficie luego de batallar contra la enfermedad se choca contra una de las más comunes causas de suicidio en la vida, sino que para evitar este terrible destino, debe someterse a la compasión de 16 personas ajenas a ella, las cuales es fácil asumir que tienen sus propios problemas y necesidades económicas. Si bien la estructura del filme es algo repetitiva y monótona, las reacciones y respuestas de sus compañeros no. En casi todos los casos, los Dardenne logran adentrarnos en el mundo de estos extraños en tiempo récord, un mundo teñido de un contexto socio-económico un tanto precario, y salvando alguna excepción, sus reacciones destilan autenticidad y realismo.

Pero no es este el mayor logro del guión, sino más bien la maravillosa concepción del personaje protagónico. El rostro y el cuerpo entero, flaco, débil, encorvado de Cotillard parecen ser un lienzo en blanco en donde los Dardenne pintan un sinfín de emociones, que van desde la más desgarrante vergüenza, pasando por la desesperación que burbujea constante bajo una finísima capa de inestable compostura, la cual es cuidada con esmero por el optimismo y empuje del marido, y finalizando en la más humilde de las alegrías, el más orgánico de los agradecimientos. El fotógrafo fiel de los Dardenne, Alain Marcoen, vuelve aquí con su característica cámara en mano e iluminación natural, acompañando a Cotillard en casi todos los planos, de secuencias largas muy levemente editadas. Es un trabajo íntimo, sensible y hermoso y es absolutamente esencial para el éxito de la película.

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En las películas de los Dardenne no hay grandes finales, no existe un giro extraordinario en los eventos filmados a 4 o 5 cámaras musicalizados por una banda sonora solemne y majestuosa. Y no es que no haya resolución, aunque es cierto que a veces no la hay, pero esto no importa, o bien importa mucho menos. Sus películas terminan porque hasta allí llegó nuestro permiso de entrometernos en estas vidas. Hasta aquí llegó esta viñeta de una familia ordinaria, de una mujer que es forzada a luchar simultáneamente contra demonios interiores y exteriores. Es una hora y media que nos drena emocionalmente, porque los Dardenne demandan toda nuestra capacidad de empatía en un universo desprolijo y difícil, donde la moralidad es un arcoiris de grises, donde la fuerza y el valor de seres humanos es puesta a prueba una y otra vez. Es un excelente filme liderado por una actuación valiente, sensible y absolutamente comprometida por una de las mejores actrices de nuestra generación. Un filme que nos hace parte, por un rato, de un pedacito de humanidad.

Veredicto: 9/10

IMDb: http://www.imdb.com/title/tt2737050/

Vi är bäst! (2013)

Título en español: ¡Somos lo mejor!

Lukas Moddysson me volvió a volar la cabeza. El director sueco de películas increíbles como la divertida Todos juntos, la devastadora Lilja 4-ever y lo que ya hace muchos años es una de mis películas favoritas Fucking Åmål, lo volvió a lograr con esta deliciosa comedia adolescente sobre un grupo de chicas en el Estocolmo de los años 80’s que deciden formar su propia banda de punk. Si la premisa ya no les parece encantadora, esperen a ver a las pequeñas actrices en cuestión, porque si hay algo para lo que Moddysson tiene tremendo ojo, es para captar nuevos talentos y en esta película nos brinda por lo menos tres que son absolutamente geniales.

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La película nos introduce primero a dos amigas, Bobo y Klara, cada una en su particular entorno familiar. La primera es hija única, vive con su madre y su desfile de novios; la segunda vive con sus padres y hermanos, una familia que parece unida e incluso divertida, pero por la que ella pretende tener un despectivo rechazo. Pero lo más importante acerca de estas dos chicas, según dirían ellas, es que son punk. A sus trece años, punk es cortarse el pelo o llevar un mohawk, escuchar a los representantes suecos de los Ramones  y vestirse holgadamente; punk es abajo el capitalismo y la religión y arriba la rebeldía adolescente, punk es la libertad de expresar sus (tiernamente ingenuas, pero decididamente sinceras) opiniones sin miedo al que dirán. Ni bien empezada la película, las chicas roban el espacio de ensayo de un grupo rockerito del barrio, solo por desafiarlos,  y de pronto se encuentran en una sala de ensayo con una batería y un bajo, fingiendo que son una banda. Como era de esperarse, las ganas de verse realmente involucradas en el movimiento de pronto se hacen reales, pero el problema es que ninguna de las dos sabe tocar.

Aquí entra Hedvig, a quien ven poco después en un acto del liceo: la prototípica rubia, alta, extremadamente sueca, pero además cristiana, solitaria y vestida siempre de poleras hasta el mentón; pero Hedvig demuestra que tiene un gran talento para la guitarra. Así es que pensando que están haciendo un acto caritativo al amigarse con este ente social, se acercan a ella y la invitan a participar de su banda. La combinación es muy graciosa, como es de esperar. El trío luego experimenta diversas vivencias, que van desde conocer a un grupito de punks varones hasta llegar a “interpretar” su música en vivo, pero no es tanto la trama lo que importa, sino ver la dinámica de estos tres fenomenales personajes. Y es que en lo que triunfa Moddysson es en la autenticidad que logra junto a estas tres novatas actrices: los diálogos, las actuaciones, los arcos dramáticos que se desarrollan durante la película y los pequeños momentos que transpiran espontaneidad, todo es vibrantemente real. Son contadas con una mano las películas sobre adolescentes que realmente me remiten a aquella edad al verlas, todas sufren de artificios, todas están teñidas de adultez, pero en ¡Somos lo mejor! esto no sucede; al contrario, por momentos una mirada, una frase, una emoción, una anécdota me teletransportaban a esa época y me hacían parte de un universo que tenía olvidado.

somos los mejores

¡Somos lo mejor! es de esas películas que dan ganas de describir como sencillas, pero no porque en la superficie es una trama simple que se desarrolla sin demasiadas complicaciones, sino porque no ostenta, no hace alardes, no tiene pretensiones ni artificios. Pero esto solo puede lograrse en manos de un director inteligente, perceptivo, empático, un director/escritor con una entendimiento inigualable de lo que significa ser un adolescente, de lo que significa ser una persona real, no un personaje. Nadie me hace sentir lo que me hacen sentir las películas de Moddysson, en particular, nadie recrea esas incómodas vergüenzas que nos azotan día a día en la adolescencia con tanta naturalidad como Moddysson. La sufrí por nuestras tres chicas, entendí a Bobo cuando se sintió por fuera, entendí a Klara cuando rechazaba las pavadas de la familia, entendí a Hedvig cuando pensó que su amistad era vulnerable. Las entendí y la pasé mal, pero en realidad, más que nada, las entendí y me reí con ellas: me reí de principio a fin, de sus pavadas, de sus pequeños (y adorables) actos de rebeldía, de su pasión por el punk, de sus libertades, en fin, de su autenticidad. Terminó la película y yo siento que las quiero.

Veredicto: 9/10

IMDb: http://www.imdb.com/title/tt2364975/

Whiplash (2014)

Título en español: Whiplash: música y obsesión (ahí va, la otra común es dejar el nombre en inglés y agregarle una aclaración pedorra a continuación de dos puntos)

Yo no les puedo explicar la adrenalina con la que me dejó esta película. Fue como si hubiera visto una muy intensa película de acción o de suspenso, pero nada que ver. O quizás sea mejor compararla con esas películas de deporte en las que el personaje principal, o el equipo en el que participa, entrenan y luchan hasta la muerte por vencer en un campeonato o clasificar en una competencia y ya hacia el final son tantas las ganas de verlos triunfar que cualquier otro resultado nos devastaría. Una especie de Rocky pero centrada en el mundo de la música, más particularmente del jazz. Es un filme que va in crescendo desde que empieza hasta que termina y lleva el ritmo tan eficazmente que más que director de cine, el realizador Damien Chazelle parecería ser el conductor de la orquesta.

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Una de mis cosas favoritas de Whiplash es lo ceñido del guión: la película comienza con el joven estudiante Andrew practicando batería en la escuela de música más prestigiosa de los Estados Unidos. El profesor Fletcher, interpretado por un excelente J.K. Simmons, lo escucha y le ve algo de potencial, y a partir de esto comienza una relación entre profesor y alumno que será el impulso motor de toda la película. Poco después de este encuentro, Andrew es invitado a participar de la banda de Fletcher, al principio como alterno de baterista, y luego luchando por quedar como el principal. Lo vemos vivir, sudar y sangrar jazz; cuando no está destrozándose las manos en la sala de ensayo practicando con los clásicos, está escuchando a su héroe Buddy Rich (un baterista conocido, entre otras cosas, por su mal carácter): toda su existencia se basa en torno a ser uno de los mejores músicos de jazz que el mundo haya visto. Pero su enfermiza ambición es contrastada violentamente con las brutales exigencias del profesor, que lo conducen a extremos completamente insalubres. La dinámica entre profesor y alumno, que en tantas otras películas recae en el exigente pero bienintencionado profesor y el improbable vencedor pero talentoso alumno, aquí se torna un poco más oscuro, y nuestros protagonistas, en particular el profesor Fletcher, son seres con cualidades un tanto menos admirables.

El guión no se esfuerza por esconder que el camino a la perfección es extremadamente escabroso. En el caso de Andrew, interpretado por un fantástico Miles Teller (a quien había visto en Aquí y ahora y que ya me cae muy bien, y a quien vemos tocar él mismo en muchas escenas), vemos cómo afecta su vida personal en cuanto a que no hay nada que se pueda anteponer ante él y su desarrollo profesional. A su vez, lo vemos luchar contra la apatía de una familia que recae un poco en el estereotipo “pro deportes, el arte poco importa”; un aspecto al que le falta un poco de desarrollo pero no molesta demasiado, sino que sirve para mostrar la soledad y aislamiento de Andy. No hay nada ni nadie más importante que su triunfo y no hay nada ni nadie que pueda acompañarlo en el sentimiento. Ni siquiera sus compañeros/colegas (nótese que sería imposible decir amigos), cuyas relaciones están contaminadas de la más ensañada competencia. ¿Quizás el profesor lo entienda? Quizás sí, pero sus métodos que van desde el abuso verbal hasta el físico y la más cruel manipulación psicológica no contribuyen en absoluto a crear un entorno saludable para permitirle a Andy (o a cualquier otro miembro de la banda en realidad) un sano crecimiento. Pero a pesar de sufrir la dominante y opresiva personalidad de Fletcher, Andrew jamás se convierte en una víctima patética de su abuso, y es esto (y las excelentes actuaciones de los protagoinstas) lo que hace al guión un gran triunfo. No es que no sintamos lástima o empatía por las vivencias de Andrew, hay algo de eso, pero más destaca su espectacular determinación y su progresiva y fascinante actitud desafiante frente a Fletcher.

Gran parte de la película son escenas en salas de ensayo o actuaciones en vivo; escenas de práctica y de música. Como alguien a quien le gusta mucho el jazz, no puedo decir qué efecto tendría en personas a las que no, pero me aventuro a decir que el director hace tan bien su trabajo que la película permanece altamente cautivadora para incluso los menos fanáticos. Es fascinante pensar en lo importante que es el dominio del tempo como elemento dramático en la historia y lo increíblemente preciso que lo es en la ejecución del filme: la edición aquí es espectacular, y como mencioné más arriba, la película crece y crece, sus niveles de intensidad transpirando por la pantalla y colándose por nuestro cuerpo, pegándonos completamente a la pantalla, creciendo de manera progresiva y segura, inexorablemente, hasta llegar a un clímax que es literalmente tanto agotador como magnífico.

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En conclusión, Whiplash es de lo mejor que he visto en los últimos tiempos. Tiene un guión extremadamente inteligente, que a pesar de que parece seguir la cansada fórmula de “joven talento puliendo su arte” no recae en el cliché ni es enteramente predecible, sino que sorprende y desafía hasta el espectador más cínico. Hay algunas cositas que quizás, asentada la euforia que me produjo verla, me rechinarían un poco, pero que ahora no puedo ni pensar en ellas porque la película me golpeó en lo más visceral, y es este, queridos lectores, el tipo de cine que más me gusta en la vida. Teller y Simmons desbordan pasión y una química explosiva en roles que a uno, lo convertirá en una joven estrella prometedora, y al otro, lo consagrará como un gran talento y por qué no, quizás un ganador de Mejor Actuación de reparto Masculina en más de una ceremonia de premiaciones. Pero la película entera merece de los mejores elogios, y en particular, merece ser vista por todos quienes gustan de cine que se siente en cada rinconcito olvidado del cuerpo.

Veredicto: 9/10

IMDb: http://www.imdb.com/title/tt2582802/

Who’s Afraid of Virginia Woolf? (1966)

Título en español: ¿Quién le teme a Virginia Woolf?

Esta es una de mis películas favoritas. La primera vez que la vi fue hace aproximadamente 10 años, cuando todavía era una adolescente fascinada con los clásicos. El debut del director Mike Nichols (Closer, El graduado) me impactó tanto entonces como lo hace ahora, y siempre por los mismos motivos, aunque admito que ahora al verla percibo unas dimensiones que antes se me escapaban. Es una adaptación de la obra de teatro homónima de Edward Albee y a pesar de que mantiene un estilo extremadamente teatral, presenta además elementos cinematográficos muy interesantes y efectivos. Es más, creo que ese punto medio entre el teatro y el cine que se logra aquí, es de los mayores atractivos que posee el filme; un estilo que quizás no funcionaría con otro director u otros actores, pero que aquí es un triunfo.

El guión es absolutamente magistral, y Nichols entiende esto, así es que gran parte de su dirección consiste en filmar a los actores dándole vida a las palabras. Es una dirección puesta al servicio de los intérpretes, con tomas largas pero dinámicas, y planos cerrados hasta el punto de la claustrofobia, donde los rostros de Liz Taylor y Richard Burton llenan la pantalla de rabia, desprecio y una angustia llena de ira. Además está fotografiada en un hermoso blanco y negro, cuyas luces y sombras agregan matices de significado en cada toma. En el campus de una universidad sin nombre (fue filmada en Smith), una pareja de mediana edad recibe a otra pareja más joven para una noche de tragos y presentaciones. Pero lo que les espera es mucho más que una simple cordialidad. Martha (Elizabeth Taylor) es la hija del presidente de la universidad, donde trabaja su marido como profesor auxiliar de historia (Burton): estos le dan la bienvenida al nuevo profesor de biología (George Segal) y a su mujer (Sandy Dennis). Antes de que lleguen los invitados, tenemos la oportunidad de observar la dinámica de pareja de Martha y George y pronto podemos adivinar que no va a ser una noche demasiado pacífica.

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Es evidente que la pareja tiene muchísimos problemas y como dice Honey más adelante (Dennis), “yo pelo etiquetas”, de eso se trata la película; de pelar las etiquetas que cubren a estos cuatro personajes que se juntan para una noche de muchísima bebida y juegos psicológicos. Y es que cualquier otra pareja hubiera llegado al hogar de sus anfitriones para despedirse poco después (además ya estaba muy entrada la noche), especialmente luego de presenciar los agravios que disparan de uno a otro, y al ser tan obviamente manipulados y burlados, sus palabras tomadas, transformadas y usadas en su contra. Pero esta joven pareja se queda y no sin motivaciones. Hay que recordar quién es quién dentro del campus, y analizar las personalidades de los personajes, sus ambiciones y motivos. Y Nick (Segal) tiene suficiente motivación para querer engatusar a la hija de su jefe. Nick ha llegado para quedarse, para abrirse paso y hay que ver hasta dónde puede llegar para alcanzar sus objetivos, arrastrando a su esposa, que parece una simplona algo tarada, pero que arrastra un bagaje emocional propio. Ciertamente, Honey tiene un desarrollo muy interesante, y la valiente actuación de Dennis pone de manifiesto una profunda comprensión de un personaje que parece optar por parecer estúpida como mecanismo de defensa.

Pero los protagonistas son, por supuesto, George y Martha, interpretados por la explosiva pareja de la vida real, Elizabeth Taylor y Richard Burton, y los paralelismos de una y otra nutren sus actuaciones logrando una química feroz, un vaivén de intensidades increíbles; a veces, cuando el plano se cierne sobre ellos y los vemos repartirse esas líneas crueles y viciosas, casi parece que la pantalla no los puede contener, y es que ambos están tan desbordantes de George y Martha que son, sin lugar a dudas, uno de los mejores ejemplos de actuación clásica de todos los tiempos. Y no es todo gritos e ira; Martha, la monstruosa Martha de una Liz Taylor que engordó casi 15 kilos para el papel, tiene unos momentos de extrema vulnerabilidad, cuando su personaje se agota de los juegos y de las mentiras y solo quiere descansar en paz. Es sencillamente una actuación magnífica y una de mis favoritas de siempre. Además, es realmente un logro impresionante provocar la empatía de las audiencias por dos personajes tan detestables, pero Burton y Taylor poseen una humanidad desgarradora, y lo logran sin problema.

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Mucho podría decirse para deconstruir a los personajes, para analizar sus intenciones y frustraciones. No quiero adentrarme demasiado porque es mejor si uno lo ve desarrollándose en la pantalla, pero tengan a alguien para comentar luego, porque hay mucho que decir sobre ellos. Hay varias incógnitas que se resuelven en los últimos minutos más melodramáticos del filme, pero la película va más allá de esto. Es sobre las consecuencias de las frustraciones no resueltas, sobre los sueños y esperanzas chocándose contra una realidad dura y fea, y lo que hacemos para seguir adelante; es sobre las reglas que creamos en una relación para que pueda sobrevivir; es sobre ejercer el poco poder que tenemos; sobre elevarnos sobre los otros más débiles; sobre los límites que nos ponemos para protegernos; las mentiras que practicamos; las ficciones que inventamos. El título viene de la canción “who’s afraid of the big bad wolf?” (¿”quién le teme al lobo feroz”?) de Caperucita Roja, y se sustituye por el nombre de la famosa escritora porque esta era conocida por mostrar la verdad absoluta de sus personajes. Así que la omnipresente rima más bien parecería estar preguntando: ¿quién le teme a la verdad? Yo sí.

Veredicto: 9/10

IMDb: http://www.imdb.com/title/tt0061184/

Boyhood (2014)

Título en español: Boyhood – Momentos de una vida (wow, se pasaron con esa)

Es difícil hablar de Boyhood sin hacer referencia a las peculiares características de su producción. Muchos ya deben conocerlas, pero para los que no, les cuento. Este proyecto del director estadounidense Richard Linklater (el genio detrás de la trilogía Before…) llevó 12 años en filmarse; la premisa de la película es registrar algunos momentos en la vida de un niño desde su niñez hasta que va a la universidad a los 18 años, pero la diferencia con otras películas que han cubierto muchos años en la vida de una misma persona es que aquí vemos a los actores envejecer junto con la película, es decir, el director decidió filmar unos días durante cada uno de los 12 años, lo cual significó un gran compromiso y una increíble pasión por el proyecto de parte de todos los involucrados. El conocimiento de este dato impregna a la película de otro valor e inevitablemente se cuela en la subjetividad del espectador.

Ciertamente, es tal la fe que le tiene a su proyecto, que Linklater opta por una dirección que no llama la atención sobre sí misma, desprovista de trucos ni grandiosidades, es una dirección al servicio del guión y esto la hace incluso más fácil de querer. A pesar de la gran ambición que significa filmar una película durante 12 años, el resultado es un filme humilde, sin pretensiones. Es un guión honesto y sencillo, lo cual no quiere decir que no sea absolutamente brillante; de hecho, es la manera en que logra una historia tan auténtica, conmovedora y transcendental sin perseguir ningún giro extraordinario ni utilizar artificios para revelar grandes verdades de la vida, es el hecho de que desista de todo esto y logre tan sublime profundidad, en esto se basa su éxito.

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Conocemos a Mason de muy pequeño, cuando vive con su madre (Patricia Arquette) y su hermana Samantha (interpretada por Lorelei Linklater, la hija del mismo director quien le rogó poder participar en el proyecto). El padre, el colaborador por excelencia de Linklater, Ethan Hawke, parece ser la voz del director, en un personaje de espíritu libre, políticamente liberal, músico e intelectual. Es en sus esporádicas apariciones que vemos algunas de las mejores conversaciones que tienen los niños con una figura paternal, ya que este aprovecha su poco tiempo con ellos para otorgarles consejos y pequeñas perlas de su sabiduría. Pero es también en estos momentos en que la dinámica de la película se torna un poco artificial, y a veces esta figura adquiere un idealismo que rechina un poco con las audiencias. Por otro lado, podemos verlo como un fiel reflejo de lo que muchos hijos viven con el padre que está más ausente: al no verlo en el día a día, en momentos de vulnerabilidad del que se despierta padre y se acuesta padre (o quizás debería decir madre, porque es la madre quien juega ese rol aquí) porque los hijos son enteramente dependiente de ellos, bueno, este puede decidir cómo mostrarse, puede armar su día o fin de semana con sus hijos tal y como quiere, sin necesidad de exponer sus verrugas al escrutinio de la prole. Incluso admito que más hacia el final, cuando Mason cuenta ya con pensamiento independiente y crítico, el padre pierde un poco su condición mítica y sus consejos son recibidos por un Mason más escéptico, abierto a escucharlo, sí, pero no tan fácil de seducir.

Por otro lado está la madre, una frágil y brillante Patricia Arquette, un personaje que no dudo será criticado por muchos y odiados por unos pocos, pero un personaje fiel a la realidad. Una mujer que exhibe alguna tendencia feminista por un lado pero sucumbe a las debilidades más comúnmente asociadas con el género, una madre que está siempre juntando sus fuerzas o juntando sus pedazos, una madre que se yergue y cae incontables veces, que los muda de ciudad varias veces, de dudoso juicio en los hombres, pero es una madre presente. Es una madre no solo presente sino que a pesar de que a veces parecería ir en contra de ello, claramente quiere lo mejor para sus hijos. De acuerdo, la vemos tomar decisiones que nosotros, desde nuestros cómodos asientos, juzgamos como pobres, a veces hasta egoístas. Pero en el gran panorama de las cosas, ¿acaso no es obvio que tiene las mejores intenciones para con sus hijos? ¿Acaso no la vemos arrepentirse de sus faltas y reconocer sus errores? Estos no fueron consecuencia de una “mala madre”, fueron consecuencia de una persona con dudas, inseguridades y miedos, que tuvo un accionar errático, pasando por buenos y malos caminos y yo creo que no solo es digna de nuestro respeto, sino de nuestra profunda compasión y empatía. Patricia Arquette maneja todos estos matices con maestría, vulnerabilidad y valentía en una excelente actuación.

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Pero luego están los hijos. Sam y, nuestro protagonista, Mason. Sam es un personaje fascinante, que usualmente se mantiene en la periferia, pero que aporta a la dinámica familiar un ángulo sumamente interesante. No la vemos desarrollarse con la misma intimidad con que observamos a Mason, pero los momentos clave que apreciamos de su crecimiento son también reveladores y auténticos, y muchas veces hasta humorísticos. Sam es el personaje que más me recordó a alguien que conozco, la vemos lo suficiente como para conocerla y reconocerla, pero no tanto como para desconstruirla. Sin embargo, este es el caso de Mason. Con Mason somos testigos de la formación de una persona, y Linklater hace un gran trabajo de equilibrar la tonalidad de los pantallazos de su vida, sin inclinarse por los grandes momentos dramáticos ni los pequeños momentos de todos los días, sino que oscila entre ambos creando un balance perfecto.

Mason es un chico curioso, que hereda mucho de lo que vimos en el padre, un interés por lo artístico y lo intelectual. Contabilizamos su crecimiento a través de las pistas de hitos culturales o del mundo pop que pululan por la película como referencias temporales, desde Britney Spears a Harry Potter, pero también a través de una deliciosa banda sonora cuidadosamente seleccionada, y, por supuesto, a través del envejecimiento de los actores, que usualmente es acompañado por un nuevo hogar en una nueva ciudad. ¿Qué puedo decir de Mason? Los otros personajes son más fáciles de describir, y es que con Mason adquirimos una intimidad mayor y adjetivarlo con unas pocas palabras se sentiría trivial y superficial. Basta decir con que es auténtico, con que Ellar Coltrane (su fantástico intérprete) va imbuyendo a su personaje de las experiencias que le dictan el guión, por supuesto, pero también de su propia sabiduría que va adquiriendo con los años, de su propia profundidad, de su propio Ellar que creció junto con Mason. Es un chico al que vemos aprendiendo y aprehendiendo, un chico que muchas veces parece más maduro de los que se esperaría para su edad, pero que salvo muy contadas excepciones, no se manifiesta falso.

Boyhood es todo lo que está bien en el cine. Con sus casi 3 horas de duración, la película vuela, con un equipo puesto al servicio de una gran historia. Gran no viene de extraordinaria, gran viene de grande, una historia que abarca muchísimo pero lo cubre muy bien. Una historia de un chico, de una familia, del ser humano. Una historia de las cosas que nos tocan cuando crecemos. Una historia de los momentos especiales y los momentos ordinarios que nos afectan. Una historia de las personas que pasan por nuestras vidas y quedan o se van pero que algo nos dejan. Una historia de ese profesor que nos sentó a dar un discurso o del jefe que esperaba más de nosotros o de ese alguien que nos traicionó una vez o ese otro que nos mintió o aquel que nos presionó o la que nos hizo sentirnos cómodos con nosotros mismos o los que nos pelearon por ser quienes somos. Una historia de un conjunto de historias que nos hizo humanos. Muchos podrán verla y decir que no pasa nada, que cuál es el punto. ¿Cuál es el punto de la película?, dirán; ¿cuál es el punto de la vida?, parecería preguntar la película, Mason, y yo.

Veredicto: 9/10

IMDb: http://www.imdb.com/title/tt1065073/

George Washington (2000)

Título en español: George Washington (vamos bien)

George Washington es mi tipo de película. Quería empezar con esa frase y dejar esa idea bien clara. Y ahora voy a seguir con mis pensamientos tal cual me vengan a la cabeza, olvidando párrafos y estructura, porque sentí la película como un stream of consciousness y eso me dio ganas de hacer. Quiero mencionar dos películas/directores que se me vinieron a la mente cuando miraba esta película: el director es Terrence Malick y la película (de otro director -Harmony Korine-) es Gummo. Al primero lo menciono porque en los primeros instantes de comenzada este filme, me pareció que estaba viendo una de sus películas, allá cuando no pretendía encapsular todos los misterios y preguntas del universo (como le pasó en El árbol de la vida o Deberás amar) sino que se preocupaba por capturar belleza y poesía en formato de imagen, de trasladar sentimientos y sensaciones, armonías entre el ser humano y la naturaleza. Y lo lograba mejor que nadie en sus primeras películas o incluso la no tan vieja El nuevo mundo. George Washington, del muy interesante David Gordon Green, comienza de esta manera, y de tanto en tanto, la película hace una pequeña pausa en sus momentos de narrativa más directa, y nos deleita con esos montajes deliciosos de escenas de este pequeño pueblo en Carolina del Norte, vacío, olvidado, arruinado, de paisajes post-industriales, edificios abandonados conquistados por la naturaleza, con un espectro de personajes excéntricos, niños correteando por las calles, interactuando con animales, nadando en la piscina municipal, hablando cosas de las que hablan los niños cuando están solos con sus amigos, en esos momentos inciertos entre la niñez y la adolescencia, luego de horas y horas y días y días eternos de hacer poco y nada, de sentirse atascados en un lugar que parece haberlos dejado de lado, con miedo de quienes son o de que nada serán. Son personajes que no existen en papel, en los guiones tradicionales de películas tradicionales, más bien parecen ser modelitos tridimensionales que el director y los actores no-actores sumergieron en una piscina de autenticidad y luego de empapados en esta, los pusieron delante de las cámaras y los dejaron ser. Y a diferencia de Gummo que mencioné más arriba, estos personajes no carecen de humanidad, se ganan nuestra empatía y compasión desde el primer minuto, porque los vemos y los reconocemos como seres reales y porque el director los trata como tales, parece quererlos incluso, nos los muestra en su fragilidad y nos pide que tengamos cuidado, los pintan con una fotografía amarillenta, cálida, a veces íntima y otras contemplativa, de exquisitas cámaras lentas, y por arriba, la narración hermosa de una de las chicas, de voz soñadora y dulce o una sinfonía inmensamente conmovedora (también sumamente parecida a las de Malick). En Gummo está todo deshumanizado, podrido, y sucio; los excentricismos se convierten en grotesco, el director parecería tener solo desprecio por lo que retrata y nos lo vende a través de escenas chocantes, baratas y repulsivas. En George Washington no hay una narrativa clara, hay un evento que sucede y alrededor del cual giran muchas escenas, pero no se trata de los quiénes ni cómos ni cuándos, ni tampoco de descuartizar las imágenes hasta llegar a una literalidad que nos dé consuelo; se trata de un pedacito de vida de un lugar alejado de nuestro mundo en que las circunstancias son quizás distintas a las nuestras, pero en donde las personas no dejan de ser personas.